Bonds or ties?

[Text in Spanish]: Comparto con otras mujeres, sobre todo de Duoda,1 con quienes vivo el pensamiento y la práctica política de ser mujeres en el mundo, que la violencia no sólo es física y psicológica, no sólo pertenece a la mujer y al hombre concreto que es el agresor. No, es también una violencia simbólica, porque está más allá de nosotras y actúa como patrón, como actitud posible y pensable dentro de una relación entre sexos: el hombre puede pegar a la mujer, la puede humillar y menospreciar.2

Esta violencia simbólica forma parte de la experiencia de nuestras vidas y quiero abordarla aquí para acercarme al peligro de la apertura femenina cuando aparece la desmesura en la relación. El maltrato físico es la punta del iceberg que de forma brutal nos hace evidente este desorden de las relaciones. Creo que es esta violencia simbólica que padecemos la que nos hace sentir que algo está sucediendo en cada una de nosotras cada vez que una mujer es maltratada.

1. ¿Desde dónde nombrar la violencia?

Hablar de violencia es hablar de algo que tiene que ver conmigo. Me gustaría hablar de cómo la violencia aparece en mí y en nuestras vidas. Cuando una mujer se une a un hombre es porque desea emprender un proyecto relacional y a veces la entrega puede ser peligrosa cuando las ataduras ocupan lo que inicialmente era un compromiso y pretenden sustituir a la práctica política de la relación; la relación, cuando no encuentra cauce porque se ha instrumentalizado, hace que el vínculo se desbarate creando un desorden y una confusión que traspasa los límites del sentido y entra en la desmesura.

Un peligro de esta desmesura, de este desorden, es el de que las mujeres intentemos suplir el menos de apertura del hombre al amor con una entrega de más nuestra por fidelidad a los vínculos.

Con el ejercicio del poder, una experiencia más masculina que femenina, se justifica el amor posesivo como forma de relación. El amor posesivo —contrario a la relación— es un amor desconectado de la escucha de lo otro diferente de ti y de los propios sentimientos.

¿Por qué a algunas mujeres como a mí nos resulta difícil convivir con las relaciones de poder sin entrar en confrontación o renunciar a nuestros deseos?; ¿por qué a veces me muevo con unos grandes sentimientos inconfesables de omnipotencia, para caer en otros momentos en una tremenda indefensión? Y creo que esto tiene que ver con la interiorización de la violencia en mí, en nuestras vidas. ¿Qué significado tiene que un tremendo sentimiento de insuficiencia pueda correr de la mano de una gran hiperactividad? ¿Qué ocurre con las reacciones de mi cuerpo que, aunque se niega a sufrir, al final acaba plegándose dolorido ante mi enorme energía mal canalizada? Y sufre entonces, porque la violencia siempre aparece en el cuerpo… ¿Por qué esa dificultad de conectar con mis emociones y como consecuencia la dificultad de encontrar el lugar desde el que hablar de mi experiencia para que se genere saber. Todos estos sentimientos creo tienen que ver con mi experiencia de apertura a la relación y con el lugar desde dónde vivimos cada una ese peligro de desmesura. Esa desmesura que aparece cuando el poder y el apego sustituyen a la relación.

El reconocimiento de autoridad a la madre —cancelada en la cultura patriarcal— es un camino que nos hace menos vulnerables al ejercicio del poder en las relaciones. Y quiero sostener que el saber amar a la madre es una fuente de simbólico que ilumina cómo se tejen las relaciones de los sexos, es decir cómo vivo mi ser mujer en libertad (o en su caso el ser hombre) y las relaciones entre los sexos.

2. Desatando nudos: tejiendo y destejiendo el origen

Voy a tratar de poner palabras a mis sentimientos y de expresar el dolor que ha habido en ese desplazamiento de la mediación del poder […]

Asunción López Carretero
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