Sobre el prejuicio: una aproximación psicoanalítica

El diccionario trae más de un significado para el término prejuicio. En particular —y este es el único significado que me interesa— es definido como «un juicio previo, prematuro o precipitado». Lo que parece implícito es que sea un juicio emotivo — positivo o negativo— y que, aunque no necesariamente equivocado, es el resultado de un razonamiento defectuoso, y por tanto tenga muchas menos posibilidades de ser justo que uno libre de prejuicios.

Esta noción parece clara, pero pienso que contiene los gérmenes de una posible confusión porque en ella están mezclados dos tipos distintos de juicio: juicios de hechos que llamaré creencias, y juicios de valores, es decir, evaluaciones.

Tomemos el caso de una antipatía racial y consideremos en qué condiciones se la puede definir como un prejuicio en sentido estricto. Claramente, están implicados ambos tipos de juicios. Existe la creencia de que cierta raza tenga ciertas cualidades, y hay una evaluación negativa de esas cualidades, es decir, que no gustan. En el hecho de decidir si la antipatía es un prejuicio surgen dos preguntas: ¿esa raza tiene la cualidad que le es atribuida? Y si es así, ¿el no apreciarla puede ser llamado un prejuicio?

Los griegos clásicos creían que todos los cretenses eran mentirosos y, por tanto, los despreciaban. Pero si, como era probable, esta creencia era irracional —siendo quizás una gran exageración de un elemento verdadero— la antipatía basada en eso era claramente un prejuicio. La dificultad en decidir qué es o no es un prejuicio surge sólo cuando una determinada raza posee una cualidad por la que es despreciada. En este caso, a primera vista, la decisión parecería depender —de un modo algo arbitrario— de la naturaleza de la cualidad. La mayor parte de las personas dirían que el despreciar a una raza por su color es un prejuicio, mientras no sería un prejuicio despreciarla en razón de su arrogancia: de hecho nos parece que la arrogancia sea una cualidad que puede ser bastante razonablemente despreciada.

En principio nos enfrentamos al problema de individualizar un criterio —admitiendo que tal cosa exista— para distinguir la antipatía razonable y la no razonable por la cualidad que las personas tienen realmente.

Un biólogo podría especular sobre la posibilidad de una antipatía innata por lo que sea diferente a nosotros, en consideración al hecho de que a veces algo así inhibe el emparejamiento entre variaciones estrechamente emparentadas de la misma especie.

Si es así, la razón, culpable o no, no estaría involucrada en absoluto. Un antropólogo podría observar que cada sociedad tiende a encontrar razonable la antipatía por lo que es distinto a los específicos valores culturales por ella logrados. En este caso la razón tiene un rol sólo relativo —en el sentido de que consideramos razonable el conformarse a las relaciones prevalentes de nuestro grupo— y aporta un criterio relativo, variable en función de la cultura que lo aplica, de qué es un prejuicio.

Pero lo que es razonable, en el sentido de estar basado en razón, debería ser lo mismo en todos lados. Antes de renunciar a nuestra investigación por un criterio más absoluto, podría ser oportuno reformular nuestro problema, en términos psicoanalíticos, como un problema relativo a la diferencia entre una antipatía normal y una patológica. En cuanto a […]

Roger Money-Kyrle
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