The self-esteem

I

[Text in Spanish]: Para referirnos a la autoestima, propongo hacerlo en la dimensión de los desarrollos teóricos y de las evidencias clínicas actuales. Ello nos pone en evidencia que se trata de un fenómeno de un atractivo extraordinario y complejo. Lo contrario sería permanecer en un área demasiado acotada. A menudo aparecen ensayos que exhuman la valiosa pero antigua disquisición freudiana (de 1914) forjada hace casi 90 años, de la que es imprescindible partir pero en la que es injustificado empantanarse.

En nuestro tiempo todo clínico conoce el hecho de que uno de los denominadores más comunes entre las personas que consultan, es un difuso sentimiento de menoscabo o «minusvalía». En otras palabras, como experiencia subjetiva, la apreciación pobre o negativa respecto de sí mismo es una de las manifestaciones más dolorosas y comunes. Concordantemente, cuando en el lenguaje coloquial entre clínicos se expresa que a alguien le falla la autoestima (porque carece de ella o está debilitada), a pesar de la falta de precisión, se intuye que así se alude a un fenómeno de orden complejo, que no puede abordarse ni entenderse de modo directo y aislado. Además, si hay una característica que suele ser indudablemente llamativa como indicador de muchos tratamientos exitosos, es precisamente la de encontrarnos con una autoestima consolidada (tanto en la apreciación del paciente como del terapeuta), el sentimiento y la percepción de que la confianza, la afirmación y la cohesión personal del paciente han resultado fortalecidos.

Por lo visto, la autoestima está en el foco de nuestra percepción clínica. Sin embargo lo que muestra la práctica en general no ha sido acompañada (sino sólo recientemente), de una reflexión conceptual y metapsicológica equivalente sobre su significación y especificidad. Este desfasaje probablemente se explique porque mayormente se ha seguido aceptando el supuesto implícito de que las alteraciones de la autoestima no son más que fenómenos secundarios a procesos pulsionales conflictivos inconcientes considerados, ellos sí y sólo ellos, básicos o fundamentales. Estimo que ésta es una consecuencia de continuar tratando el tema solamente en el marco clínico y metapsicológico válido e imperante en las primeras décadas. Hoy en día es necesario también hacerlo en otro marco, en el de las referencias clínicas y teóricas actuales surgidas del estudio de los trastornos de personalidad y caracteropatías narcisistas que, como veremos, se distinguen por el establecimiento en el análisis de las llamadas transferencias narcisistas.

Estos trastornos están no sólo en el campo ampliado del análisis terapéutico, sino en su mismo centro, lo cual, en las últimas décadas, ha promovido elaboraciones conceptuales y desarrollos teóricos (e investigaciones psicoanalíticas del desarrollo) acordes con los nuevos hechos.

La relación entre narcisismo y autoestima fue establecida por Freud en 1914, pero la comprensión del narcisismo se ha incrementado visiblemente y la valoración que se tiene de él ha cambiado radicalmente. Hay una tendencia creciente a considerar que el narcisismo representa una fuerza útil y necesaria en el psiquismo y que los trastornos que antes se atribuían al predominio de esa tendencia no se deben a su exceso (de narcisismo) sino precisamente a un déficit en su desarrollo. Son conocidas las fundamentaciones de autores como Winnicott y Kohut a favor de una distinción entre los deseos y necesidades pulsionales por un lado, y las necesidades propias del desarrollo del sí-mismo. Kohut sostiene incluso que el narcisismo por un lado y el amor objetal por el otro, siguen líneas de desarrollo separadas. Según él, no es que las posiciones narcisistas deban ser abandonadas y sustituídas por el amor objetal. El amor objetal no «empobrece al yo» (self), sino que sólo la persona con un self cohesivo (la autoestima es uno de sus atributos) es capaz de amar a otro en tanto es otro y diferente a uno. La distinción propuesta (Kernberg, 1979) entre un narcisismo normal y otro patológico es más complicada y menos útil que la concepción de que lo patógeno es una falta de paulatina […]

Guillermo Lancelle
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