Recordando a Rebeca Grinberg

Con tristeza y profundo agradecimiento quiero recordar en estas páginas a la Dra. Rebeca Grinberg, que ha fallecido hace pocos meses.

Rebeca Grinberg es de esas personas que sin hacer ruido ha dejado un buen legado como profesional del psicoanálisis y como persona. En este caso se ha cumplido la integración de la persona, «lo humano», y el profesional. No siempre es así, ya lo sabemos.

Murió con orden en el alma, sin molestar y sin aspavientos. Murió trabajando mientras atendía a una colega y discípula suya. En algún momento, se excusó, puso las manos sobre la mesa, reposó en ellas la cabeza y se fue. Todo en ella era natural, no molestó para morir, como no había molestado para vivir. Estaba demasiado ocupada ayudando a los demás, no le quedaba tiempo para darles la lata. Ella sentía que había vivido mucho y que había vivido bien. Alguna vez me había comentado que la vida le había dado mucho pero que ella también le había correspondido a la vida. Se sentía en paz.

Su profesión y su personalidad se influían recíprocamente. Cierto que su currículo es amplio y brillante, que hizo aportaciones decisivas al psicoanálisis, muy especialmente en relación con los niños, ella misma se mantuvo niña en su corazón. Pero lo que yo quiero destacar aquí hoy no es su legado científico —y me confieso discípula suya en los últimos 18 años y lectora de sus publicaciones mucho antes—. Lo que quiero destacar, en estas líneas, es lo que para mí hacía diferente a Rebeca Grinberg. Lo que la distinguía era su capacidad de entrega a los demás, su generosidad, su sentido común, su sencillez y humildad, su honradez.

También quiero destacar su actitud de apertura y flexibilidad intentando buscar la mejor salida a los problemas. Habíamos conversado mucho sobre la vida, los cambios en el mundo, sobre la situación actual de la infancia y las nuevas organizaciones familiares. Es loable ver como a sus 90 años intentaba adaptarse a la modernidad de los tiempos.

Mucha gente sabía que podía contar con ella: sabía escuchar y pensar con interés sobre lo que escuchaba. Y sabía ayudar a pensar. Tenía una mirada anticipatoria, veía más allá del paisaje, miraba con sabiduría y sentimiento. Ensanchaba su corazón para albergar en él el mayor número de personas. Todo esto no se aprende en las facultades o los congresos, porque ninguna universidad enseña a sentir.

Buscaba con la inteligencia pero encontraba con el corazón. Y esa es su herencia.

Algunas personas se mueren, pero no se nos mueren en nuestro interior. Ahí permanecen vivas.

Somos muchos los que llevamos a Rebeca Grinberg en el corazón y nos reconocemos en su magisterio.

Gracias, Rebeca.

Carmen Amorós Azpilicueta
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